Hace 160 años zarpaba al más allá el prócer del Río de la Plata
- 3 mar 2017
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Guillermo Brown, nació en Foxford (uno de los condados del entonces Reino de Irlanda) el 22 de junio de 1777. Se nacionalizó argentino y abrazó la causa de la independencia. Consagró su vida a ella y tuvo que combatir contra las fuerzas armadas de españoles, brasileños, ingleses, franceses y unitarios. Lejos de cultivar rencores, fue acreedor del mayor reconocimiento de parte sus antiguos adversarios. Se explica por su caballerosidad, el respeto por los heridos, muertos y vencidos de todos los bandos, y la claridad de saber que peleaba no contra los pueblos, sino contra sus gobiernos. Esa forma de pensar permite comprender por qué no abandonó a su suerte a los marineros desertores de su nave tras el cruce del Cabo de Hornos o por qué socorrió a los marinos españoles frente a El Callao y a los marinos riveristas en Costa Brava. Fue él mismo quien solventó de su bolsillo parte de los gastos de viaje a Europa del Mariscal de Vigores, el último representante español en el Río de la Plata. También quien reclamó, tras el sitio de Montevideo, por la vida de un bravo capitán español que fue su enemigo. Y en la Guerra contra el Imperio de Brasil lo hizo también en favor del capitán brasileño de Senna Pereyra, dado su coraje puesto a prueba en el combate. Más tarde, tras Costa Brava, dejará escapar a Giuseppe Garibaldi junto con su gente: “déjenlo que se escape, Garibaldi es un valiente”, dijo para frenar a sus hombres. El 11 de junio de 1826, donde hoy está Puerto Madero, Brown estaba a bordeo de la fragata 25 de Mayo, con siete cañoneras, dos goletas (Pepa y Sarandí) y el bergantín Congreso Nacional esperando enfrentar a los 31 buques de guerra de la armada imperial brasileña que se aprestaba a cañonear a Buenos Aires. Experto conocedor del Río de la Plata, Brown ubicó sus naves detrás de los bancos de arena cercanos a la costa. De ahí, el nombre que se dio a este enfrentamiento: "Combate de Los Pozos". Antes de la batalla, lanzó su memorable arenga: “Marinos y soldados de la República: ¿Veis esa gran montaña flotante?... Son los 31 buques enemigos, que vienen por nuestras vidas... Pero no creáis que vuestro general abriga el menor recelo, pues no duda de vuestro valor y espera que imitaréis a la “25 de Mayo”, que fue echada a pique antes que rendir su pabellón. Camaradas: confianza en la victoria, disciplina… ¡Y tres vivas a la Patria!...” Minutos más tarde, lanzará su orden inmortal: “¡Fuego rasante, que el pueblo nos contempla!” Mientras el pueblo, efectivamente, contemplaba eufórico el desenlace victorioso desde las torres y azoteas. Poco después (26 de julio) durante esa misma guerra, frente a las costas de Quilmes, desde donde hoy escribo esto, atacó con siete naves a las 22 enemigas. Su buque insigna, el 25 de Mayo que ya había sido “herido” en el combate anterior, rompió la línea enemiga. La siguió la Río comandada por el bravo Leonardo Rosales, pero pronto quedaron rodeados. Sin embargo, hasta último momento resistió -y devolvió- cada andanada de cañonazos durante tres horas. Tomás Espora, que comandaba la fragata fue herido de gravedad. Lo socorrieron ocho cañoneras, dejando su buque con treinta cañonazos en el casco y otros tantos muertos, pero sin rendirse, haciendo honor a la señal izada al comienzo de la acción por Brown: "Es preferible irse a pique que rendir el pabellón”. En cierta ocasión, una delegación de unitarios (entre los que estaba su propio hijo) lo entrevistó sabiendo que no era un federal de la primera hora para convencerlo de que defendía una causa del lado equivocado. Tras recibirlos en su buque concluyó la entrevista con una clara negativa. Cuando uno de los miembros de esa comitiva le pidió regresar con un salvoconducto Brown hizo silencio, lo miró y le respondió: “yo no acostumbro firmar nada. Con mi palabra de honor les basta y les sobra…”. El gran naturalista William H. Hudson contaba que lo veía parado en la puerta de su casa amarilla “esbelto, silencioso, blancos los cabellos”. Allí mismo, ya mayor, lo visitó su viejo adversario en la guerra contra el imperio de Brasil, el Almirante João Pascoal Grenfell. En contraste con su suerte, riqueza y honores, al ver que vivía en una modesta casa de Barracas, vestido austeramente y trabajando en su humilde huerta. Al ver su situación Grenfell le sugirió reclamar al gobierno una recompensa económica. ¿Saben qué respondió nuestro viejo almirante…? “Aquí nacieron mis hijos y aquí están enterrados, y defenderé esta tierra mientras viva… No me pesa haber sido útil a la Patria de mis hijos… Considero superfluos los honores y las riquezas cuando todo termina en seis pies de tierra para descansar de tantos dolores y fatigas…”. Guillermo Brown murió en su casa de Buenos Aires el 3 de marzo de 1857. Al despedir sus restos, Bartolomé Mitre exclamó: “Estoy deslumbrado por su sublime majestad, por esa noble figura que se levanta plácida después de tantas borrascas, aquella seguridad del alma, sin ostentación, sin amarguras, sin pretensiones… tenía ante mí algo más que un héroe”. (…) “El almirante Brown, de pie sobre la popa de su bajel, valía para nosotros por toda una flota”. Estuvieron presentes ese día amigos y antiguos adversarios, miembros de la Confederación Argentina y del entonces disidente Estado de Buenos Aires. Fue la última victoria de Brown: reunir a todos como hermanos que habían quedado huérfanos. En su recuerdo recomiendo leer “El combate perpetuo”, escrito por Marcos Aguinis (1971), con un estilo fiel y ameno. Tal como lo dice él: “Los documentos sobre sus vicisitudes no sólo proporcionan asombro, sino fantasía. Parece inverosímil cuánto le sucedió y cuánto hizo. Es un personaje que deslumbra y enternece desde el principio al fin. Sólo la pésima enseñanza de la historia y el reaccionario culto de los héroes explica que haya sido tan poco y tan mal conocido.” Espero que nuestro país se recupere de la amnesia y recobre su autoestima. Si así fuera pronto veremos películas como “Capitán de mar y de guerra” pero sobre nuestro ancho y olvidado Río de la Plata y con Brown como epicentro de sus historias.

Para quienes quieran leer más: - Brown, el hombre, por el Instituto Nacional Browniano. - Libro " Acciones navales de la república Argentina, 1813-1828”, por el mismo almirante (las escribió a pedido de Bartolomé Mitre). - Sobre su personalidad, por Claudio Grossi. - Un estudio excelente sobre los oficiales del Almirante Brown. - Sobre su captura y rescate (por la masonería) en Guayaquil. - Otra síntesis biográfica, por la Armada Argentina.

























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